ESPÍRITU DE AYUDA

 

Marta Rasal Carnicer. Enfermera y voluntaria de Cruz Roja

Méritos: Colabora desde hace nueve años en la atención a inmigrantes llegados a Cartagena en pateras

 

 

 

Cuando, «de pequeñita», jugueteaba con una ambulancia y soñaba con ser enfermera, Marta Rasal no sabía aún lo que era una patera. A sus 27 años, ha aprendido que una ambulancia y una patera tienen que ver. Por lo sanitario y por los sueños. Y por las pesadillas. Porque, cuando a esta joven, nacida en Huesca pero cuya familia se mudó a Cartagena hace dos décadas, le preguntan por qué atiende a los inmigrantes que llegan a la Región como voluntaria de Cruz Roja, relata una historia reciente: «Ver a un niño de nueve años contarte, llorando, que sus padres son pobres y que quieren que él consiga un trabajo en España y les mande dinero, te hace sentir que tu esfuerzo por asistirle merece la pena».
Marta Rasal, graduada en Enfermería por la Universidad Católica de Murcia (UCAM), forma parte del despliegue que Cruz Roja realiza cada vez que las autoridades rescatan frente al litoral de Cartagena una, dos, tres… o las 44 embarcaciones que localizaron el 19 de noviembre pasado, durante la mayor oleada de los últimos diez años.
En el puesto que la ONG tiene en el muelle de Santa Lucía, ella se afana por cumplir, con el espíritu de quien no espera cobrar por ello, el protocolo de atención a los extranjeros. Casi todos son argelinos y, cada vez en mayor número, cruzan el Mediterráneo hacia España.
Más allá de su experiencia de nueve años curando las quemaduras provocadas por la mezcla de gasolina y agua salada, y tomando la temperatura a los inmigrantes como primera precaución ante el virus del ébola, de su labor, no exenta de insultos de «gente que nos acusa de ayudar a los que nos invaden», se queda con lo vivido. No le importa que la despierten de madrugada, colaborar doce horas e irse a trabajar: «Para mí es más gratificante que tomarme dos copas y echar cuatro bailes».
Hay historias de supervivencia que no se le olvidan: «Vino una pareja de subsaharianos con un niño de dos meses. Huyeron de su país y se echaron a la mar, jugándose la vida. Son seres humanos. Y cualquiera de nosotros podría estar en su lugar».

 

TEXTO: José Alberto González.
FOTO: J. M. Rodríguez.