Mar Menor blues
ALBERTO AGUIRRE DE CÁRCER
DIRECTOR DE LA VERDAD
En todas las culturas, tres de cada cuatro personas prefieren conocer primero las malas noticias que las buenas. Justo lo contrario que quienes deben darlas, que prefieren empezar por lo positivo. Como todas las que aparecen en este anuario son conocidas, olvidémonos de la psicología y relajémonos. Recordemos lo bueno y lo malo, que de todo hubo, y hagámoslo cronológicamente. Que sea el calendario, de enero a diciembre, quien ponga orden en el torrente informativo. Solo al terminar el recorrido emergerán con claridad los temas sustanciales. Pero ya les anticipo que 2016 será recordado como el año en el que la salud medioambiental del Mar Menor entró en situación crítica, después de lustros de advertencias por parte de científicos, organizaciones ecologistas e incluso la Confederación Hidrográfica del Segura, que alertó en documentos oficiales de la situación provocada por el vertido de toneladas de nitratos a la laguna. Hoy produce entre sonrojo e indignación el negacionismo de los políticos que durante tantos años tuvieron la responsabilidad de conciliar la protección de la laguna, el turismo y la actividad agrícola en el Campo de Cartagena. La inacción administrativa solo se quebró repentinamente cuando este periódico mostró en mayo la verdadera magnitud de los vertidos a la rambla del Albujón y la Fiscalía de Medio Ambiente abrió diligencias un día después por si hubiera responsabilidades penales. Afortunadamente, la sociedad civil murciana se movilizó esta vez y propuso un pacto por el Mar Menor, que llegó a la Asamblea y a oídos de las autoridades comunitarias. El Gobierno regional se puso por fin las pilas y creó un comité científico que, si se le deja actuar con independencia, dotará de sentido común a la lenta recuperación de un espacio natural que está todavía lejos de su salvación. Algunas consecuencias de tantos años de dejación están por llegar. En el año de los récords turísticos, también en la Región, el Mar Menor sufrió una crisis reputacional cuyos efectos en el verano de 2017 están por ver. A todo esto sigue sin resolverse la situación de los regantes de Cartagena, que en un momento de gran precariedad hídrica se han visto obligados a cerrar gran parte de sus pozos. A última hora llegaron además las lluvias torrenciales de diciembre, que agravaron los daños en el campo y llenaron de lodos la laguna. Y aún queda lo peor: en el Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente se da por hecho que, tarde o temprano, la Comisión Europea abrirá un procedimiento de infracción contra España por el incumplimiento de varias directivas medioambientales en el entorno del Mar Menor. No consigue librarse la Región de los efectos de tanta incompetencia acumulada en los últimos lustros, con los consecuentes perjuicios para el interés general. En un año de despegue económico, los esfuerzos para potenciar el atractivo turístico de nuestra joya hubieron de dedicarse a evitar que continuara su degradación. La recuperación del Mar Menor ya es otro ‘elefante blanco’ de nuestro particular animalario, junto al aeropuerto cerrado, la autopista Cartagena-Vera o la desaladora de Escombreras. La diferencia es que nuestra laguna costera siempre ha estado allí, formando parte de un patrimonio común que heredamos, igual que nuestros antepasados. En este caso bastaba con cuidar ese legado. Triste blues el del Mar Menor.

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Guillén y la herencia envenenada
Javier Pérez Parra
Fue el gran fichaje del Gobierno regional. Una médico respetada, con un amplio currículum en el campo de la genética. Pero la consejera de Sanidad, Encarna Guillén, se dio de bruces con la realidad nada más llegar al cargo. Si 2015 lo pasó intentando zurcir los rotos en el Servicio Murciano de Salud, en 2016 ha tenido que enfrentarse a dos situaciones críticas que a punto han estado de echar a pique el barco.
De un lado, el enquistado enfrentamiento entre la UMU y la UCAM a cuenta de las prácticas en los hospitales públicos. Guillén se ha esforzado por mantener una imagen de neutralidad, pero su condición de profesora en excedencia en la universidad privada ha terminado por convertirse en una piedra en su zapato. Solo el curso que viene, cuando de nuevo haya que proceder al reparto de plazas en los hospitales, se podrá calibrar si las negociaciones han sido un éxito o le pasan factura.
Pero si algo ha minado a la consejera este año ha sido la polémica de las incompatibilidades. Guillén ha asumido una herencia envenenada, un incumplimiento continuado de la Ley del Personal Estatutario del que no es responsable, pero del que solo ella ha tenido que rendir cuentas. Resulta asombroso comprobar cómo el gerente del SMS, Francisco Agulló, y el director de Recursos Humanos, Pablo Alarcón, que permitieron durante años compatibilidades contrarias a la norma, han contemplado plácidamente desde sus despachos la pira en que su jefa se quemaba.
Guillén ha dado la cara por los gobiernos de Valcárcel -verdadero hacedor de los pactos con los ‘popes’ de la profesión médica-, y se ha comido la incompetencia del PP. El resultado, con la reforma de la ley tumbada en la Asamblea, no ha podido ser más desastroso para el Ejecutivo. A alguien en San Esteban se le ocurrió que someter a Guillén a una enloquecida espiral de declaraciones hiperbólicas pondría a la oposición contra las cuerdas. Todo un ejemplo de la pérdida del sentido de la realidad, porque hay que vivir en otro mundo para no ser consciente de que la opinión pública no va a hacer la ola en defensa de los intereses de 42 jefes de servicio con nóminas muy superiores a las del común de los mortales.

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Oxígeno tras la peor crisis
Víctor Rodríguez
Aunque lamentablemente todavía existen demasiadas familias que no llegan a fin de mes y otras muchas que se siguen viendo obligadas a recurrir a las ONG y a los bancos de alimentos para saciar necesidades tan básicas como un plato de comida o ropa para poder vestir, lo cierto es que este 2016 ha insuflado oxígeno entre la población, plantando cara y logrando empezar a doblegar la ‘interminable’ y dolorosa crisis.
Al menos los datos macroeconómicos así lo reflejan en la Región, donde el año se cerrará con uno de los crecimientos económicos más altos del país. El Producto Interior Bruto (PIB) de la Comunidad será del 3,3%, un alentador dato impulsado por las cifras récord del turismo -principalmente extranjero-, la fortaleza del sector agroalimentario y el auge de las exportaciones (mermadas, no obstante, a raíz del ‘Brexit’).
El año que hoy echa la persiana ha sido también positivo para el empleo, aunque Murcia figura aún entre las autonomías con tasas de paro excesivas, sin duda el mayor lastre para la recuperación. Con todo, la Región registró en noviembre -último mes contabilizado- 119.792 desempleados, 10.541 menos que en la misma treintena de 2015, lo que representa un descenso del 8%. Y en términos de creación de empleo -considerado por los expertos el asunto mollar-, la situación permite ir dejando a un lado el pesimismo, ya que la comunidad ganó en noviembre, en comparación con el año anterior, 19.288 afiliados a la Seguridad Social (+3,74), de manera que ya hay 534.500 personas cotizando, una mejora fundamental de cara a la sostenibilidad del sistema.
La losa del déficit también ha resultado este año más llevadera. Murcia, víctima de la infrafinanciación autonómica, vuelve a incumplir el objetivo del 0,7% marcado por el Ministerio -ya en octubre se había alcanzado el 1,12%-, pero empieza a controlar las riendas del caballo desbocado en que se había convertido el desfase de las cuentas, gracias a las políticas de austeridad y al aumento de los ingresos.
La mala noticia es que en 2017 se ralentizará el crecimiento. Las heridas de la recesión se resisten a cicatrizar.

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Sus inquietas señorías
Gregorio Mármol
El algodón no engaña y las cifras, tampoco. El parlamentarismo murciano deja atrás un año intenso, en el que se multiplicaron por dos las iniciativas de los diputados para controlar al Ejecutivo de Pedro Antonio Sánchez y hasta por quince las peticiones de amparo por parte de los ciudadanos, en relación a legislaturas anteriores. ¿Han aumentado los problemas de los murcianos o ha crecido su confianza en sus políticos? Quizás ambas cosas. Lo cierto es que en 2016 ha quedado confirmado que, pasada la resaca de las últimas elecciones autonómicas y cierto riesgo de burbuja legislativa, la Asamblea Regional puede y debe ser una eficaz institución para sincronizar la vida de los murcianos a los nuevos tiempos, atender sus necesidades comunitarias y resolver los problemas generales.
La vida en la Cámara Legislativa es intensa ahora, con trabajo en cantidad y también de calidad, defienden sus actores, aunque el desapego a las instituciones sufrido durante demasiado tiempo por distintas causas haga que muchos la sientan lejana aún y apenas valoren positivamente la labor de sus inquietas señorías.
La Asamblea más plural en tres décadas de autonomía ejerció este año como motor de cambio en muchas ocasiones porque, aunque su labor sea legislativa, las 3.497 iniciativas planteadas por sus cuarenta y cinco diputados han agilizado tareas del Ejecutivo. También ha permitido mejorar proposiciones de ley derivadas de anteriores decretos del Gobierno, como la de simplificación administrativa, y fiscalizar actuaciones pasadas, como la cuestionada gestión que Ramón Luis Valcárcel hizo para construir y poner en marcha la desaladora de Escombreras.
Tanto ha cambiado el panorama que hasta los periodos de sesiones se juntan entre sí. En lo que antes eran días de solaz se señalan ahora comisiones y plenos para abordar asuntos tan trascendentales como la ley de Presupuestos de la Comunidad. Y no parece un espejismo.

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Año fatídico para la Alta Velocidad
Manuel Madrid
¿Por qué capítulo vamos con lo del AVE? Un día necesitaremos un libro de instrucciones para saber dónde nos quedamos y qué pasó con ese proyecto del pasado que queremos que sea del presente y que los agoreros dicen que no tendremos ni en el futuro. Ha sido un año fatídico para la alta velocidad, si tenemos en cuenta el supuesto fraude millonario en las obras, con un desfalco de al menos 17 millones. Lo que nos faltaba. Este AVE que conectará Murcia con Alicante, Cuenca y Madrid viene manchado por las mordidas.
¿Qué ha cambiado respecto a 2015? Pocas cosas. Pero algunas que nos dijeron que iban a suceder ya no se sucederán. El Ministerio de Fomento introdujo cambios en la primera fase, a petición de los grupos políticos en el Consistorio; la oposición lleva la voz cantante, y el PP en minoría no tiene más remedio que plegarse a la evidencia. El puente que iba a construirse para salvar el paso a nivel de Senda de los Garres -ya se habían realizado expropiaciones- se eliminó de los planos para ampliarse en 500 metros más el soterramiento. Las obras de esa primera fase para traer el AVE a Murcia empezaron, pero con mal pie, porque al poco se paralizaron. «Por las elecciones y el cambio de Gobierno…», nos dijeron.
La plataforma para la vía provisional llegó a iniciarse, derribando los viejos muelles de carga repletos de amianto. Incluso cerraron el edificio principal de la estación para remodelarlo, para sonrojo de todo hijo de vecino: los viajeros que esperan el Talgo lo hacen en instalaciones perentorias que solo se ven ya, si me apuran, en películas de Bollywood. ¡Cutrez a más no poder!
Para colmo, han surgido imprevistos. Es tremendo que hasta este año, y después de décadas hablando de lo mismo, nadie cayera en que había que realizar desvíos de conducciones hidráulicas y acequias. Válgame. Eso ha retrasado -más- los planes. También ha variado el panorama: el puente de Tiñosa, sin alternativas de tráfico, es pasado. Lo levantarán con mayor gálibo. Lo que no cambia es el grito de protesta de los vecinos de las vías, que aún se hacen oír, pese al ruido de trenes, para que se cumpla lo prometido. Porque fechas ya no dan.

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Mar Menor: del uso al abuso
Miguel Ángel Ruiz
Uno de los asuntos prioritarios para el Gobierno regional, si no el que más, tiene que ver con el medio ambiente. Quién lo iba a decir, después de décadas de abandono y de poner en marcha precarias estrategias de conservación de espacios naturales y especies protegidas solo a golpe de denuncia por parte de organizaciones ecologistas y de imperativos legales recordados desde Bruselas. Pero ningún político soporta imágenes como la de la ‘sopa verde’ del Mar Menor que conmocionó a la opinión pública en mayo y puso a temblar a los hosteleros a las puertas del verano. Entonces sí: ante la amenaza de quiebra económica en el principal enclave turístico de la Comunidad Autónoma y la presión social no hubo más remedio que asumir el despropósito y poner en marcha medidas urgentes, como el cese de los vertidos procedentes del Campo de Cartagena, una decisión que soliviantó a los agricultores.
Aunque las culpas están muy repartidas: una fotografía aérea revela una laguna asediada en primer término por núcleos de población que han extendido el hormigón hasta la misma orilla en casi todo el perímetro del humedal, con los cultivos de regadío en segundo término -unas 60.000 hectáreas, 20.000 de ellas irregulares- y, pocos kilómetros más allá, explotaciones mineras abandonadas que siguen dejando una herencia de metales pesados en unas aguas que soportan un intenso uso pesquero y recreativo.
Todo ello permitido por las diferentes administraciones y sin que nadie, salvo conservacionistas y científicos, cuestionase ni la ausencia de planificación ni el abuso evidente sobre la albufera. El nivel de autocomplacencia ha sido tal que hasta las medusas aparecían como las malas de la película. El coma ecológico del Mar Menor es el resultado de un modelo económico y social que consiste en aprovechar al máximo los recursos de un ecosistema sin tener en cuenta sus necesidades. De exprimirlo hasta la última gota. Pero los tiempos están cambiando, tanto que los responsables de este desastre -¿podrá identificarlos la Fiscalía?- quizá tengan que responder ante la Justicia.

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Política baldía
Julián Mollejo
España planeó con el piloto automático durante gran parte de 2016 sobre las traicioneras aguas de la recuperación económica, mientras los sufridos pasajeros descubríamos lo eterno que puede llegar a ser un Gobierno en funciones. Y lo pernicioso. Entre los meses de enero y noviembre, el Ejecutivo presidido por Mariano Rajoy licitó inversiones en la Región por importe de 19,2 millones de euros, seis veces menos que en 2015.
La repetición de las elecciones generales el 26 de junio, a causa de la incapacidad para el diálogo y el acuerdo de las formaciones políticas, hizo que el nuevo Gobierno no tomara posesión hasta principios de noviembre y acumulara hasta 320 días en funciones, un limbo administrativo que masacró las expectativas de la Región de Murcia. Proyectos cruciales como las autovías del bancal y el Altiplano, la variante ferroviaria de Camarillas y el avance del AVE hacia Cartagena y Lorca se mantuvieron durante todo ese tiempo en el congelador, al igual que la reforma de la financiación autonómica y el nuevo Plan Hidrológico.
Ante la atonía de la política nacional, los partidos dieron mucho que hablar por cuestiones internas. El primero fue Ciudadanos, que justificó con un supuesto error involuntario el incumplimiento del reglamento de la Asamblea Regional y de la legislación electoral al abonar gastos de la campaña del 20N de 2015 con dinero de la subvención que recibe de la Cámara para sufragar el funcionamiento del grupo parlamentario.
El escándalo le costo una crisis interna, aunque nada comparable con la que resquebraja al PSOE desde el golpe de mano que acabó con su secretario general, Pedro Sánchez, y el cisma que ello produjo en el partido, también en la federación murciana. Y qué decir de Podemos y la pugna entre ‘errejonistas’, con ventaja en la Región, y ‘pablistas’. Pero para crisis, la que se puede desatar en el PP si su secretario general y presidente autonómico, Pedro Antonio Sánchez, es imputado por los casos ‘Púnica’ o ‘Auditorio’, cuyo devenir judicial marcará la actualidad política también en 2017.

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Entre Shakespeare y Cervantes
Rosa Martínez
Fue el calendario el que hizo coincidir en el tiempo a dos de los escritores más célebres de la literatura, y la casualidad, quizás el destino, lo que unió el final de sus vidas. 2016 ha sido el año de Shakespeare y Cervantes, cuyas muertes, acaecidas ambas hace exactamente cuatro siglos, han propiciado a nivel nacional y, fundamentalmente, en Reino Unido, amplios programas conmemorativos, a los que la Región se ha sumado con propuestas puntuales y distintos homenajes en el campo de la enseñanza y de las artes escénicas y visuales.
La de Shakespeare y Cervantes, además de otros autores, no ha sido, sin embargo, la única efeméride de estos doce meses. Hace 20 años la Orquesta Sinfónica de la Región ofrecía, en el Auditorio, su primera actuación, y fue ella la encargada de inaugurar, el pasado enero, con un especial concierto de cumpleaños, un año que, en el terreno cultural, no ha contado con grandes acontecimientos ni proyectos de envergadura, al margen de festivales y a excepción de pequeñas citas que han ido salpicando, principalmente, la agenda teatral y musical; así como de interesantes y modestas iniciativas como el festival poético Deslinde de Cartagena, que este año ha visto la luz; el II ciclo de órgano en la Catedral de Murcia, o la recuperación de Mucho Más Mayo.
Nombres como los Melody Gardot, Steve Vai, Jordi Savall, Cheikh Lô, Julian Marley, Manic Street Preachers, José Mercé, Ana Moura, Verónica Forqué y Gregory Porter, por su lado, son los que han protagonizado la amplia y consolidada oferta de festivales, que tiene como emblemas La Mar de Músicas -este 2016 con edición especial dedicada a Suecia-, el Cante de las Minas, los certámenes de jazz de San Javier y Cartagena, y el de teatro, música y danza de San Javier, este año con una aplaudida programación que logró récord de público. El SOS 4.8, cuya edición de 2017 está en el aire, acogió, sin embargo, su cartel más flojo.
En el apartado expositivo, Chillida, Charris, Eduardo Balanza, Juan y Pablo Genovés, Martínez Mengual, Emilio Pascual y Lidó Rico, entre otros creadores, son quienes han dado color y atractivo a las salas de la Región, públicas y privadas.

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Un año con nombre de mujer
César García Granero
Una sorpresa, un tropezón y un idilio han marcado un año rimbombante para el deporte en la Región. La sorpresa tiene nombre de mujer. Donde la Región esperaba a Valverde o Superlópez, apareció Laura. Cuando todos mirábamos la marcha y el ciclismo en Río, fue el baloncesto el que irrumpió en el medallero particular de esta comunidad y encontró al sucesor de Peñalver, sucesora en este caso, 24 años después. La segunda medalla olímpica para esta comunidad es de altura. La juncal Laura Gil, casi dos metros de pura plata olímpica, tomó el testigo del alhameño, plata en Barcelona’92 y noticia estos días, y es que en las postrimerías del año se ha dejado caer una confesión desgarradora: los abusos sexuales que ha asegurado haber sufrido por parte de su exentrenador Miguel Ángel Millán.
El tropezón fue el de Superlópez, que llegó a Río en la ‘pole’ para un día que debía ser de fiesta y salió tiznado. Era el campeón de Europa y del mundo. «Está muy fuerte. Yo lo veo bien», me dijo José Antonio Carrillo, el hombre que había cincelado al campeón con paciencia y esmero, en Font Romeu, antes de partir a Río. Pero la ilusión, un reguero de páginas y un tropel de articulistas y reacciones previstos por ‘La Verdad’ para honorar el previsible oro del campeón hubieron de ser embaulados para mejor ocasión. Superlópez no pudo aguantar con los mejores en un día que debe ser un simple tachón en una trayectoria constelada de éxitos, que han hecho de Miguel Ángel el mejor atleta del país durante años.
Y el idilio tiene nombre de mujer, de muchas mujeres. No es sino el idilio de ellas con el deporte. Ellas han opacado a los hombres en una temporada portentosa: Laura, Gloria, Eva, Patty, Cristina, Aurita… No caben en una sola línea y abarcan modalidades tan dispares como el baloncesto, el ciclismo, el fútbol, el pádel y el squash. En la playa de este año han sido ellas las que han hecho pie, las que han estado en todos los podios y las que han permitido clausurar un año que en la Región ha sido y será el año de ellas.

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El agua y el día de la marmota
Manuel Buitrago
Atrapada en el tiempo, la Región de Murcia ve pasar los años sin que se resuelva su déficit estructural de agua, como en la película sobre el día de la marmota en la que se repiten los acontecimientos en un bucle. La sequía llegó tiempo atrás para quedarse, ya que los periodos de escasez son tan habituales que los ciclos húmedos se han convertido en una anécdota. La interinidad del Gobierno central, la prórroga del decreto de sequía y el sempiterno y estéril debate político sobre el pacto nacional del agua, han ocupado un año en el que la desalación ha adquirido mayor protagonismo.
El Ministerio ha conducido finalmente a los regantes del Trasvase hacia la desalación (sí o sí), por no haber arbitrado antes otras alternativas. A esto se suma la ‘trampa’ del Memorándum del Tajo en la que han caído los usuarios del acueducto, ya que se ven con las manos atadas para poder comprar caudales en otras cuencas debido a las condiciones impuestas por el Ministerio para las cesiones de derechos. Lo de este año ha sido un ejemplo muy ilustrativo de lo que está por venir. La manifestación prevista en Madrid se quedó en agua de borrajas para darle un voto de confianza a la ministra, provocando fisuras en la Mesa del Agua. El año se despidió lloviendo, lo cual ha amansado el ‘ardor guerrero’.
La situación insostenible del Mar Menor obligó a cerrar los pozos del Campo de Cartagena, fruto de una dinámica perversa: el Gobierno regional, la Confederación Hidrográfica del Segura y el Ministerio de Medio Ambiente miraron para otro lado durante muchos años mientras se colmataba la laguna costera; no tomaron las medidas necesarias y al final hubo que meter el bisturí en la agricultura.
El repentino fallecimiento del presidente del Sindicato de Regantes del Trasvase, José Manuel Claver, fue un mazazo para la sociedad murciana y en particular para el sector agroalimentario. El testigo lo ha tomado Lucas Jiménez, que mantendrá la unidad y el pulso reivindicativo. El primer día hizo una apuesta clara por los trasvases «sin complejos», y por la independencia del Sindicato de Regantes.

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Una mina a medio explotar
Daniel Vidal
Diga desestacionalización. Es una palabra larga, rara, casi un trabalenguas que los responsables políticos de esta tierra recitan en plan mantra como clave para sacar todo el jugo al potencial turístico de la Región de Murcia, que no es poco. Desestacionalizar, hablando en plata, significa repartir la llegada de turistas a lo largo de todo el año y no solo en los meses de la canícula que, sin embargo, para los guiris es la mayor parte del año. No es mala idea esa de desestacionalizar, o repartir visitantes por aquí y por allá, teniendo en cuenta que los grandes atractivos de esta tierra, para el común de los mortales, siguen concentrados en las sombrillas que jalonan el marchito Mar Menor mientras el turismo rural, por poner un ejemplo, sobrevive a base de las migajas del pastel.
El turismo va bien, dicen, y así lo demuestra el récord histórico de visitantes de este año -casi un millón y medio-, y también la aportación del sector a la economía regional, que con 2.275 millones de euros este año ya supera el 10% del PIB autonómico. Sí, el turismo sopla con fuerza en la Región. Pero, ¿están las velas desplegadas para que la nave alcance la velocidad de crucero?
Si tenemos en cuenta el flagrante retraso en las infraestructuras de transporte que sufre la Región, o la exigua oferta de plazas hoteleras en relación con el aumento de turistas, por poner solo dos ejemplos, es lógico pensar que el sector navega con pesados lastres a pesar de los buenos números del año y de los esfuerzos públicos (y sobre todo privados) por sacar más brillo, si cabe, a la oferta turística regional. Ahora (y desde hace algún tiempo) está por ver cuánto provecho se le puede sacar a una mina a medio explotar.
Una buena oportunidad se presenta con el Año Jubilar de Caravaca de la Cruz, que también será una auténtica prueba del algodón para esa pretendida desestacionalización. El Año Jubilar atraerá a la Comunidad a casi dos millones de visitantes, según las previsiones, un 25% más que en 2010. De momento, el Ejecutivo de PAS ha destinado a los fastos un millón de euros. A 50 céntimos por barba foránea, según la cuenta de la vieja. Lo que parece seguro es que no será difícil recuperar la inversión.

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El problema no es político
Ricardo Fernández
Andan estos días el presidente Pedro Antonio Sánchez y sus muchos adláteres, oficiales y oficiosos, enfangados en el difícil arte de domesticar pulpos, a ver si de esa forma -«¡Octopus, dáme la patita!»- consiguen que la sociedad los acepte como animales de compañía. Retórica al margen, diríamos que están empeñados en convencernos de que los muchos y variados delitos que de forma indiciaria le atribuye una juez de Lorca -prevaricación, malversación, falsedad y fraude- nada tienen que ver con la corrupción y que el ‘caso Auditorio’ no va más allá -¡en la peor de las hipótesis!- de algún errorcillo administrativo.
Confieso que aguardo con expectación el inminente momento en el que el magistrado Eloy Velasco solicite su imputación por la ‘trama Púnica’, que, sí, doy ya por descontada, más que nada para conocer por dónde salen. No creo que nadie se atreva a sostener que lo de intentar pagar con dinero público, supuestamente, unos trabajos personales de reputación en internet tampoco sea corrupción, aunque a estas alturas ando ya curado de espanto.
Con todo, lo que mayor estupor me causa es que el propio Pedro Antonio Sánchez no parece haber trascendido de las repercusiones políticas que podrían tener sus todavía hipotéticas imputaciones -básicamente, la de tener que apartarse del cargo-, y que en apariencia no le haya dedicado un segundo a reflexionar sobre la dimensión penal del asunto. Porque el problema real no ya del presidente del Gobierno murciano, sino del ciudadano Sánchez, es que puede llegar a verse acusado de una serie de delitos, sean o no de corrupción, conduzcan o no a su dimisión o cese, cuya pena global asciende a una veintena de años de prisión.
Y es que la dimensión política, por muy preocupante que sea, resulta insignificante comparada con la ‘vis’ penal, por más que desde el PP vayan haciendo cábalas sobre las salidas que acierte a darle al caso el magistrado que pueda caer en suerte.
Moraleja: Si Sánchez y los suyos están tan centrados en entrenar cefalópodos es porque en absoluto se plantea cumplir con su palabra: «Dejaré el cargo si me imputan por el ‘caso Auditorio’». Lo cual, al cabo, me parece lo más indefendible. Que ya es decir.

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Suspenso colectivo en PISA
Fuensanta Carreres
El suspenso en el Informe PISA lo firman con sus nombres y apellidos los 2.500 estudiantes murcianos de 15 años que realizaron los exámenes de evaluación. Pero es injusto. El nuevo pinchazo es en realidad un suspenso colectivo rubricado por toda la sociedad murciana, que se ha revelado incompetente para sacar a su sistema educativo del furgón de cola y empujarlo hasta posiciones que, al menos, no provoquen sonrojo.
Suspenden los padres de los chicos, que no han sido capaces de transmitirles la trascendencia que los estudios tendrán en su futuro. Suspende la Consejería de Educación, que da las directrices y asigna los recursos, diseña las plantillas de profesores, reparte los esfuerzos, e insiste, conformista, en tratar de vender la mejoría de los alumnos en el Informe PISA como un éxito, cuando los resultados ni se acercan a la media. Suspenden también sus profesores, quizá desmotivados y hastiados por tener que aplicar en el aula, año tras año, reformas educativas que nadie les consulta. Suspende la sociedad en su conjunto, más pendiente de la liga de fútbol base y de las fiestas de cumpleaños de los niños que de los horarios de las bibliotecas.
Es evidente que Murcia no es Finlandia: no tiene su renta per cápita, su capital cultural y social, el respeto y formación de que gozan sus docentes, sus horarios, sus preocupaciones, su clima. Una región como Murcia, en la que en tres de cada diez hogares viven pendientes de que no les corten la luz y de tener un plato que poner a la mesa, no puede pretender que sus escolares estén al nivel de los chicos de Helsinki.
Finlandia queda a 4.000 kilómetros y un destierro. Pero, ¿por qué no puede Murcia aspirar a ser, un poquito, Castilla-León? Sus estudiantes se han colocado entre los mejores de España, a años luz de los murcianos, que siguen, a pesar de la ligera mejoría con respecto a 2012, en el pelotón, muy alejados de la media nacional y de la OCDE. Los chicos de Castilla-León no llevan una vida muy diferente a la de los murcianos: los medios en casa, el nivel cultural y académico de sus padres, la inversión de su Gobierno regional, se mueven en parámetros similares. Allí, sin embargo, padres, estudiantes y profesores, saben que el futuro es campo o estudio, sin espejismos asociados al empleo fácil -y precario de por vida- en el sector turístico.

En busca de sentido
García Cruz
La vida del psiquiatra austriaco Viktor Frankl fue apasionante, y su obra ‘El hombre en busca de sentido’, uno de los diez libros de mayor influencia en Estados Unidos, según la Library of Congress de Washington. Tras una larga reclusión en un campo de exterminio nazi, Viktor Frankl desarrolló la logoterapia, un método psicoterapéutico basado en el existencialismo y que guarda una aparente similitud con la más moderna teoría de la resiliencia. Más allá de las circunstancias (por adversas que estas sean, y se hace inconcebible una situación peor que la de Auschwitz), el hombre debe asumir, ante sí mismo y ante los demás, la responsabilidad que le toca en suerte. Viktor Frankl sostiene que no hay excusas para el fracaso, que hay que buscarle un sentido a la vida y que, en su caso, eso fue lo que lo mantuvo vivo entre los muertos. Los compañeros de barracón que antes se resignaban a su desgracia, antes caían. El fatalismo mata. Esperar a que suceda algo malo, temiendo siempre lo peor, y compadecernos o dejarnos atrapar por el victimismo, nos arrastra a una ansiedad anticipatoria que nada bueno trae. Admitamos que algo parecido al fatalismo radica también en nuestro carácter colectivo. Nos pasamos la vida esperando, y quejándonos -con razón, sí-, en vez de remar juntos para llegar a Ítaca. Desde hace años -demasiados ya- esperamos a que llegue el AVE, a que se abra el nuevo aeropuerto, a tener un buen Gobierno y una clase política impoluta y diligente, a que llueva como Dios manda, esperamos a que alguien nos saque de los pozos que habitamos.
En 1992, Valencia no entraba en el mapa del AVE. No había presupuesto. Pero Joan Lerma se plantó en La Moncloa, acompañado del presidente de la patronal valenciana, y sorprendió a Felipe González: «Mis empresarios ponen el dinero para el AVE a Valencia». Aquel día, los técnicos del Ministerio de Fomento empezaron a diseñar una red de alta velocidad con Valencia dentro, y, más o menos a partir de entonces, Murcia empezó a quejarse. No a reaccionar, sino a quejarse. Ya está bien de fatalismo. Este año nuevo es una buena ocasión para buscarle un sentido a la política de la Región, para exigir resultados a una clase gobernante ineficiente. Es el momento adecuado para dejar atrás la resignación y para, por fin, rebelarnos como colectividad, si es que tampoco en 2017 alcanzamos Ítaca.