La excelencia de la excelencia

 

Carlos Bravo Pérez. Licenciado en Medicina

Méritos: Número uno en España del MIR. Médico residente de Hematología en el Hospital Morales Meseguer de Murcia.

 

La vida y sus conjuntos son el objeto de su tensión y esfuerzos. Estudiarla, observarla en su primera expresión a través de la lente del microscopio, protegerla y cuidarla, mejorarla, amarla. Carlos Bravo Pérez, la excelencia de la excelencia, emplea desde hace unos pocos meses su número uno en el exigente examen a Médico Interno Residente (MIR), que bordó en marzo, en seguirle la pista a la vida. Antes incluso de saber leer ya quería destriparla, pidiéndole a sus padres que le contaran los libros de animales que él mismo escogía en la biblioteca. El expediente de vértigo de su grado en Medicina -56 matrículas de honor, 10 sobresalientes y un solitario notable- solo tiene un camino: estudiar, estudiar y seguir estudiando, la actividad que ha copado su afán la última década, y en la que ya descollaba de niño arrasando en las olimpiadas de Biología. Sigue haciéndolo cuando disfruta ya de su plaza de residente en el servicio de Hematología y Hemoterapia del Hospital Morales Meseguer de Murcia, su elección primera entre el privilegiado y amplio abanico que le abrieron su esfuerzo y capacidad. No se arrepiente. El perfecto equilibrio entre la investigación clínica y el contacto diario con los pacientes, la faceta «más gratificante y a la vez dura» del trabajo, más pasión que un empleo, colma sus aspiraciones. Sin resquicios apenas para nada que no sea compartir el escaso tiempo libre en disfrutar de su familia -su padre, Ginés Bravo, es médico de Atención Primaria del centro de salud de Lorca Centro; y su madre, María Antonia Pérez, farmacéutica-, el chico se encuentra feliz en la cocina del hogar, a ser posible rodeado por los suyos. Investigando, cuenta divertido el lorquino -‘blanco’ hasta sacar el pañuelo en las procesiones pero «no de chillar»-, cómo cocinar el sushi perfecto o los dulces navideños más dulces. ‘Hijo’ también de la escuela pública, Carlos Bravo solo se extiende en su breve discurso a la hora de dar las gracias a todos y cada uno de sus profesores -desde los del colegio San Fernando, al instituto de Educación Secundaria Ibáñez Martín, la Universidad de Navarra, hasta los de la academia MIR de Asturias donde preparó el examen-, y a sus padres y hermano, siempre a su lado. De novia, ni hablamos. «No tengo tiempo, todo el que me queda lo dedico a estudiar», zanja sin salirse del carril de la vida que apenas ha empezado a descifrar.

 

TEXTO: Fuensanta Carreres.
FOTO: Martínez Bueso.